Presentación

IMAGINEMOS

Carta de presentación de Juan Antonio Luna García, Presidente de la Asociación

Imaginemos que nacemos y nuestro padre no nos quiere.

Imaginemos que nacemos y nuestra madre no nos ama.

Imaginemos que durante nuestros primeros meses de vida recibiéramos nulas atenciones y pasáramos muchas necesidades. Que nuestros padres fueran alcohólicos, se drogaran, delinquieran o se maltrataran mutuamente; o todo esto al mismo tiempo.

Sigamos imaginando que cuando contáramos dos años de edad ninguno de nuestros padres hubiese aún encontrado trabajo, y todos malviviéramos en una casucha sin calefacción, sin comida, durmiendo en un camastro con colchón agujereado, con paredes negruzcas y sin juegos.

Que a los tres años de edad no recordáramos ya cuántas veces nos pegó papá o mamá, salvo que contáramos las cicatrices que nos dejó cada una de esas palizas en nuestro famélico cuerpo.

Que a la edad de cinco años nos costara recordar si una vez tuvimos papá, pues se fue hace tiempo y no volvió; aunque nos pareció verlo un día en la televisión con la policía.

Que a esta edad nuestra mamá también nos abandonara y se fuera con otro hombre; haciéndose cargo de nosotros nuestra abuela, una pobre anciana a la que la vida también maltrató, que escasamente podía andar, pero que nos cuidó como buenamente pudo en su más que humilde casa.

Imaginemos que poco después nuestra abuela nos enviara a un orfanato, ya que no podía hacerse cargo de nosotros por más tiempo.

Que a la llegada a ese lugar frío, irreal y dibujado en blanco y negro, quisiéramos salir corriendo en brazos de nuestra madre ¡pero ella ya no está!, ¿recuerdas? Nuestra abuela llora y nosotros creemos que quién debiera llorar seríamos nos.

Llevamos ya unos meses en el orfanato y los niños nos tratan mal, los mayores nos pegan y se ríen de nosotros. Además, son malos porque salen del orfanato para beber vodka y fumar.

Los profesores tienen demasiados problemas para interesarse por mí, uno entre tantos.

Duermo con cinco niños más. Uno de ellos es el más fuerte y me roba todo lo mío. Bueno, lo poco mío que tengo: un trozo de pan negro, quizá un caramelo que una vez me dio una señora amable a través de la reja del patio, o una piedra bonita que encontré en el campo y guardaba como un tesoro.

Comemos dos veces al día: siempre kartoshka (patatas), siempre pimientos, siempre tomates, siempre agua. La leche nos han dicho que no nos la dan porque tiene radiación.

Vomito siempre que entro al servicio de lo mal que huele y de lo sucio que está, bueno; quiero decir que vomitaría si tuviera algo en el estómago.

Todos los días me pregunto dónde está mi mamá y dónde mi papá. Otros niños me dicen que tampoco saben dónde están sus papás, pero yo sé que los míos un día vendrán a recogerme ¡lo sé!

Tengo ya nueve años y mi abuela lleva mucho tiempo sin venir, antes venía una vez al año a verme, pero ahora no sé que pasa.

Hoy han venido niños nuevos al orfanato. La directora me ha dicho que uno de estos niños es mi hermano pequeño. Se llama Iván y no tiene mi apellido porque su padre es otro. Es muy pequeño ya que tiene tres años. Creo que voy a cuidar de él: es mi única familia…

Estas son las vidas de nuestros niños. Estos son los niños a quienes ayudamos, a quienes acogemos en nuestras casas como a uno más de nuestros hijos, ofreciéndoles el amor y cariño que nunca han conocido; reconfortándoles en su dolor y en su necesidad. Luego se van, es cierto, pero se van mejores y más felices.

Todas aquellas circunstancias concurren hoy en día, se lo aseguro porque lo he visto. Ya nunca más podré pasar un día de mi vida sin pensar en ellos: en todos los que conozco y en todos en quienes aún no conozco. Declaro mi compromiso para con todos ellos, me cueste lo que me cueste. Y cuesta mucho, se lo aseguro; pero este mundo no logrará mejorarse si no nos comprometemos hasta cambiar nuestras vidas para cambiar el mundo. Yo ya he decidido por mí, y sólo usted puede hacerlo por sí mismo.

Si decide comprometerse, en esta Asociación le estamos esperando ya sea para acoger a un niño en su casa, para colaborar económicamente o para mil necesarias cosas más. Pero si aún cree que estos niños pueden esperar, que no es asunto suyo, o piensa utilizar aquella excusa recurrente para seguir haciendo nada, le recomiendo que relea este artículo una y otra vez si fuera necesario; hasta sentir lo que sienten ellos. Y luego compárese.

Por si acaso, también le digo que no es un tópico afirmar que ayudar a los demás es la mejor forma de ayudarse a sí mismo. Es real. Real punto por punto.

Juan Antonio  Luna García